Me es indispensable encontrarme a mitad de la noche para reconocer mis deficiencias emocionales. Traición garantizada de todas las noches. El hacinamiento y la falta de actividad son una enfermedad crónico-degenerativa que desarrolla un hastío más espeso que el mismo estrés causado precisamente por exceso de la misma.
Cierro los ojos durante horas pero no consigo más que eso, cerrarlos y con suerte tener gratos recuerdos de sueños que no son apenas poco más que una idea muy parecida a mi concepto de ideal. Al sueño que persigo y persigo y persigo y sigo y sigo y sigo. Peor aún cuando fue el deseo el que alimentó al sueño y cuando decido dejar de cerrar los ojos, me encuentro doble necesidad: la física y la emocional.
Ya ni me molesto en averiguar en que momento perdí todo lo que me mantenía sujetada al suelo. O quizás nunca hubo nada, ahora mucho menos, lo cual es peor porque confirma la gravedad de mi desprendimiento emocional.
La buena noticia es que lo entiendo; la mala, es que no sé como cambiarlo, si no quiero dejar los hábitos, la rutina, las horas, días enteros aunque con noches cortas... Viviendo en la eterna temporada que tiene su nombre y que cómodamente puede sentirse invierno y verano, sin alterar temperamentos.
Sin embargo, necesito despertarme.
Quien dijo que no se vive de ilusiones, dijo bien.
En realidad no se vive de nada cuando es exagerado, como tres letales átomos de oxígeno.
Espero que lo que hago funcione. Que también sea en beneficio mutuo y que ahora, antes de todo, muy lejos de dejar de pensar en kilómetros aún por primera vez, pueda empezar a depender de ti aunque sea un poco menos. Al menos para no morir.
. . .
No es un drama, no soy una dramática. No soy nada de lo que Yo no quiera ser, por eso no quiero ser más así.
Un paso a la vez. Por única vez.
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